Sense of place


Blanca Montalvo

Sense of Place es el resultado de la labor de una artista coleccionista, y su valor radica no sólo en la imagen individual, sino en el efecto que se produce al agruparlas. Es una forma de arte elaborada de una manera habitual, como los álbumes de fotos o las colecciones de souvenirs que responden, únicamente, al interés y al valor que cada uno le otorgue.

19 de diciembre – 29 de enero
Estudio de Los Interventores

 

Blanca Montalvo. La paparazzo de lo cotidiano

 

Una fotografía es un secreto sobre un secreto. Cuanto más te cuenta menos sabes.

Diane Arbus

 

Marcello Geppetti era un paparazzo de la doce vita romana. Por Via Venetto y el barrio pijo de Prati deambulaban estrellas de cine de todo el mundo llegadas de Hollywood a rodar en los estudios de Cinecittà. Eran tiempos en los que lo más interesante ocurría en Roma. Los nuevos reporteros de prensa circunnavegaban a la caza y captura de las instantáneas que les diesen el pasaporte a la fama, y lo hacían con una particularidad, no se escondían, la cámara fotográfica estaba a la vista y ellos trabajaban haciéndose notar. Fue así como Geppetti consiguió la imagen de Anita Ekberg, con un arco y una flecha, asaltando violentamente a dos fotógrafos, o aquella donde una ebria Nadia Parr, en busca de notoriedad, improvisaba un strip-tease en la calle más transitada por la jet set del momento. Con el término papparazzo se bautizó a toda una legión de fotógrafos que se dedicaron a perseguir a las celebridades y que Fellini inmortalizó en su famosa película La dolce vita. Uno de los primeros en recibir esta etiqueta en la vida real fue Marcello Geppetti.

 

Vivian Maier trabajó toda su vida como baby-sitter en Chicago. Su humilde condición social hizo que apenas revelase una cuarta parte de las 100.000 fotografías que tomó a lo largo de varias décadas. En una subasta celebrada poco antes de su muerte, salió a la luz un valioso material que la situaron entre los grandes del Street Photography o fotografía urbana. Pese a su indudable calidad y su irrefutable modernidad -los negativos mostraron, por ejemplo, imágenes espontáneas de vidas anónimas realizadas en la calle de una sola toma- el éxito, como en muchas ocasiones, llegó demasiado tarde. Durante años nadie se interesó por qué llevaba siempre una cámara consigo y ninguno le preguntó qué fotografiaba ni qué le movía a hacerlo; Vivian Maier fue una página en blanco en la historia de la fotografía hasta que el azar destapó todo lo que hoy sabemos sobre su identidad escondida.

 

Sense of Place es el resultado de la labor de una artista coleccionista, y su valor radica no sólo en la imagen individual, sino en el efecto que se produce al agruparlas. Es una forma de arte elaborada de una manera habitual, como los álbumes de fotos o las colecciones de souvenirs que responden, únicamente, al interés y al valor que cada uno le otorgue. El hecho de coleccionar y la propia estructura de la colección logran, en el caso de Blanca Montalvo, una naturaleza de poética artística. Muchos son los creadores que se han rendido a esa pulsión de archivo, desde Aby Warburg hasta Arman, desde Eugène Atget hasta Hans-Peter Feldmann. La tarea de recolección y acumulación en Sense of Place se materializa en un catálogo sin principio ni final, sin fechas ni referencias, que huye de una narrativa que, a su vez, sólo se consigue al observar las imágenes de una en una. Se elige contar la historia de otra manera: no es lo que pasó, si no lo que cada cual piensa que está pasando. En palabras de John Berger, “en su forma más sencilla, el mensaje decodificado significa he decidido que merece la pena registrar lo que estoy viendo, porque la única decisión que puede tomar un fotógrafo es el momento que decide aislar, independientemente de la personalidad del retratado o su función social, sólo queda de él la visión que se nos ofrece”. En este caso, se han aislado retratos robados de gente corriente, fragmentos de objetos cotidianos, paisajes vacíos y lugares imposibles en los que, a priori, lo extraordinario no tiene cabida, sólo nos queda el flujo invisible del tiempo detenido, listo para ser examinado.

Su serie Lugares Imposibles data de lejos, son instantáneas que, por su austeridad -por carecer de un “antes” y un “después”- producen un extrañamiento que roza lo metafísico. Por lo general, son escenas despobladas que se caracterizan por la sensación de soledad y abandono que producen en el espectador que, por su parte, nunca verá esclarecido el misterio; como apuntara Dubois, no es más que un instante convertido en imagen que “no explica, no interpreta y no comenta”, es y siempre será “muda, desnuda, llana y opaca”. En la secuencia de Blanca Montalvo se desvela su debilidad por los “discípulos de Becher” y su revolución fotográfica en la Escuela de Düsseldorf, por los espacios íntimos de Candida Höfer o los primeros interiores de Thomas Ruff antes de su compromiso con lo digital.

En los retratos de calle no existe para el modelo la posibilidad de posar. No se le da la oportunidad de elegir en qué momento decide perpetuarse, o como diría Barthes “no hay lugar para la mejor de sus sonrisas”. El sujeto, en muchos casos, se percata de que está expuesto a las deliberadas intenciones de un desconocido el que sentencia, unilateralmente, que serán otros, y no él, los que verán el resultado de su acción. Una acción a veces espontánea, otras fruto de una observación fascinada del entorno pero que, en ambos casos, no está destinada a crear una memorial visual íntima para el retratado. Él no es el dueño. En estas imágenes, Blanca Montalvo está cercana a la huída del ornamento de Paul Graham en los años 80 -Beyond Caring-, a la atenta mirada de la gente de clase media británica de Martin Parr o a los cuestionamientos que suscitan los conceptualistas de la escuela fotográfica de Vancouver, en especial, al trabajo de Ian Wallace.

 

Llegados a este punto, resulta necesario reparar en la propia artista, en el “cómo es ella” y en su peculiar manera de relacionarse con el mundo. Recuerdo varios episodios que hemos compartido y donde la he visto en acción, todos ellos tienen que ver con la captación de un ambiente, con la descontextualización casi inmediata de un espacio, de unas voces, de unas imágenes. El movimiento del vino en una copa a las tres de la mañana en un bar granadino, el griterío caótico en el paseo marítimo de las afueras de Palermo, los jardines urbanos de Oxford que crecen a su antojo… En el momento más insospechado, cuando parece que no ocurre nada, un escenario se convierte en el caldo de cultivo para el atesoramiento de unas fuentes que pueden estar destinadas a un fin, o no. Siempre ágil, no titubea a la hora de robar imágenes o asomarse a las habitaciones de un hotel, obvia el posible cruce de miradas, el instante de tensión que a veces se genera, lo único que parece certero es que ese momento no puede desaparecer, no puede dejarlo escapar. No sé si existe una compulsión tranquila. Puede que ella la padezca. Tendría que consultarlo en un vademécum psicológico o preguntarle a Jose Luis González Vera, que es filólogo.

 

Blanca Montalvo es una paparazzo de lo cotidiano como Marcello Geppetti, una reportera callejera como Vivian Maier, una artista que colecciona y acumula cual trapero benjaminiano, que comparte con Paul Graham que la fotografía consiste en dos pasos, cuando sales al mundo y lo metes en tus fotos, y cuando editas las fotos y creas otro mundo; y que conecta con la ironía de Martin Parr cuando afirma que la clase media es igual en todas partes. Como complemento, sigue creyendo en la magia de la fotografía de la que hablaba Nadar, y en consecuencia, seguirá saliendo a la calle a cazar rostros mientras el resto de la humanidad caza Pokemon. Siempre le ha gustado ir a contracorriente.

María Jesús Martínez Silvente