Historia del arte para pogonófobos

Guillermo Martín Bermejo


La historia del arte para pogonófobos es una intervención en ciertas obras de la iconografía de la historia del arte occidental. Intervención que ayuda a la reflexión de lo poliédrico, de la descontextualización, del juego de significados.

24 de enero – 22 de marzo de 2015
Estudio de Los Interventores

 

La Historia extrañada

A finales del año 2010 tuve el placer de poder acudir a la cátedra La Linea de Parrasio. Estrategias del dibujo que impartía el profesor Salvatore Settis en el Museo de El Prado en Madrid. Aquella Cátedra me cambió la vida como dibujante y como artista.

El profesor Settis nos expuso en ella que lo “clásico” no es algo muerto ni algo de un patrimonio cultural estancado en el pasado, sino que ese patrimonio está vivo en el momento en que se reinterpreta, en el momento en que lo hacemos nuestro. “Cuanto más sepamos mirar lo ‘clásico’ no como una herencia muerta que nos pertenece sin mérito por nuestra parte, sino como algo profundamente sorprendente y extraño, que hay que reconquistar cada día como un poderoso estímulo para entender lo ‘diverso’ tanto más tendrá que decirnos en el futuro”.

A partir del estupendo libro de Lucinda Hawksley: Moustaches, Whiskers & Beards, un viaje por la historia del arte a través de sus barbas, bigotes y perillas,  Los Interventores me propusieron que reinterpretara  ciertos iconos del arte pero quitándoles la barba, el bigote, es decir pasándoles por la barbería; el proyecto me cautivó enseguida. Pero mientras iba realizando los primeros dibujos me di cuenta que tras la aparente broma el proyecto escondía una idea mucho más profunda de trabajo y una carga de lirismo, incluso de filosofía brutal.

Según iba yo quitando barbas a través del Renacimiento, Barroco, Romanticismo me iba dando cuenta de que no solamente era el afeitar algunos personajes, sino que era despojarles de su identidad, de sus atributos, de su sexualidad. Era reinterpretar la Historia del arte desde un punto de vista del “despoje”, del cambio de identidad. La herencia muerta así se convertía en algo sorprendente y extraño. De esa forma al modificarla la reconquistaba.

¿Pues no es verdad que toda Historia es inventada? ¿No es verdad que todo recuerdo es un momento de nuestra vida que con el tiempo modificamos a nuestro gusto? Al quitarles la barba los personajes se convierten en otras personas, sacan a la luz su lado más salvaje, más femenino, más austero, más triste, más íntimo…

Así Enrique VIII afeitado se va despojando de todas sus joyas, de todo su poder económico, convirtiéndose casi en un Lutero. Felipe II se desnuda dejando de lado su coraza dorada y su puritanismo y pasea frágil y femenino delante de nosotros. Rafael y su amigo al fin reconocen que son amantes. Durero rapado queda replegado en su oscuridad, casi como un bodegón presintiendo la muerte. En Velázquez descubrimos un Zuloaga. Un chico desnudo y devastado aparece de la mezcla del Caballero de la mano en el pecho del Greco y del Monje extasiado de Zurbarán. Van Gogh se alemaniza casi pareciendo un Otto Dix. Un Minotauro imberbe aparece casi albino en la noche. Y al final Zeus sin barba se convierte en lo que se ha pasado la vida persiguiendo: un efebo.

El placer de esta nueva historia, vista desde el respeto pero con la necesidad de redescubrir nuestra propia identidad como europeos y occidentales. Esa identidad, de la que Stefan Zweig se sentía orgulloso, nos hace entrever toda la diversidad oculta de este patrimonio que renace ante nuestros ojos como algo vivo y que nos habla de lo que somos, de lo que hemos sido y lo que seremos.

Guillermo Martín Bermejo

El Espinar, 23 diciembre 2014